El grupo llegó tras una larga caminata a las alcantarillas donde residía el culto que el alquimista mencionó en su corto estado de no-vida. Con suerte descubrirían quién estaba detrás de todo, pero primero debían encontrarlos en el interior del laberinto de podredumbre y pestilencia. El único punto de acceso abierto era un túnel en el muro del muelle de la ciudad, bajando unas escaleras de piedra. Desde la posición donde se habían situado, parecía lo suficientemente grande para dejarles pasar.
Arthur estaba todavía un poco desconcertado por lo que había pasado antes, y por si fuera poco unos picos sin forma golpeaban sin cesar su cabeza, provocándole un dolor de cabeza insoportable. Cuando se despertó, lo primero que Fward y Alyna le dijeron era que se fuese a casa, pero él rechazo la oferta. Él había empezado esto y el lo acabaría, y no había más que hablar. Ni siquiera el hedor de las heces y las alimañas muertas le haría desistir en su búsqueda.
Fward y Alyna estaban adelantados a él, con antorchas en mano que daban un poco de luz y claro en la fría y tenebrosa noche. Lewis se había metido debajo del casco de Fward, congelado por la brisa marítima del puerto, y no tenía pinta de que fuera a salir dentro de poco. Arthur envidiaba que el conejo tuviese un lugar tan cómodo donde guarecerse del frío, imaginándose como estaría dentro de ese casco. Caliente, a gusto, con una sensación de paz abrumadora, sobre una cama de pelo suave que te llamaba a para tumbarte en ella, el lujo de estar protegido contra el peligro, poder apoyar la cabeza sobre ese material tan cómodo, notar como tu cuerpo empieza a negarse a moverse y unas pesas se posan sobre tus ojos, obligándote a cerrarlos... Por la misericordiosa y poderosa Luz, como envidiaba en este momento al conejo.
Mientras Arthur tiritaba de frío, Fward y Alyna se acercaron al túnel hasta estar frente a él, iluminándolo con sus antorchas. Por el tamaña de la circunferencia, el único que tendría que agacharse sería Fward. Alyna decidió ir primero, andando cuidadosamente por el interior de este. Cada paso que daba producía un asqueroso sonido, parecido al que escuchas cuando aplastas a una cucaracha solo que diez veces más fuerte y con una cucaracha diez veces más grande. Cada vez que miraba al suelo que pisaba, encontraba cuerpos de animales pequeños y heces de las cuales miles de insectos se alimentaban sin parar, cubriéndolas con unas mantas vivas y en movimiento que no hacía más que aumentar el disgusto de la nigromante. Alyna no decidió mirar más al suelo y siguió caminado por el túnel. El hedor a mierda empezaba a abrumarla, y taparse la boca y la nariz con la mano no la ayudó en nada. El olor era tan terrible que incluso alguien con un estómago tan fuerte como ella no podía soportarlo, y las ganas de vomitar aumentaban cada metro que se adentraba en el pasillo enfermizo.
Cuando Alyna ya estaba bastante dentro del túnel, Fward empezó a caminar dentro de este. Fward se quedó casi paralizado cuando el hedor del túnel golpeó su nariz como una avalancha de enfermedad y peste. Las piernas de Fward empezaron a moverse solas en el interior del túnel, el resto del cuerpo entumecido por el asco que le daba la situación. Sus ojos se fijaron en Alyna, que desapareció al poco al saltar hacia lo que debían ser las alcantarillas, dándole a Fward esperanza para no salir corriendo del túnel y vomitar en el primer sitio que encontrase.
Arthur se acercó al túnel al ver que la luz de las antorchas se ocultaba dentro. Lo primero que encontró al asomarse fue a Fward tambaleándose de lado a lado, golpeando varias veces su cabeza contra la pared circular. Empezó a andar en aquella boca del lobo, absorto en el interior de su mente. La presencia de Mirakodus no se había desvanecido del interior de su mente desde su última visita, por lo que aún no había abandonado a Arthur. Desde que se despertó, Mirakodus no había pronunciado palabra alguna: solo parecía estar encima de Arthur, vigilándole o, tal vez, esperando a algo. Fuera lo que fuese, Arthur estaba seguro de que no iba a ser nada bueno para él ni para nadie. ¿Debería de estar más preocupado de sí mismo que del misterio que estaba investigando? Lo desconocía. Ahora mismo debía de estar concentrado en lo que estaba haciendo. Su corazón le decía que debía de seguir, y que había una ligera posibilidad de que si desvelaba el misterio de los asesinatos de aventureros, podría descubrir lo que se ocultaba en este ser... y en su pasado. Arthur salió a tiempo de su cabeza para llegar al final del túnel, donde les esperaba desde abajo Alyna. Arthur saltó y aterrizó al lado del Fward, que vomitaba sin parar en una especie de río de desperdicios. Habían llegado al interior de las alcantarillas, que se dividía por los subterráneos de la ciudad en pasillos que formaban un laberinto. Desde el suyo, había dos caminos posibles: derecha o izquierda.
Cuando Fward acabó de soltar la comida, Alyna fue la primera en decidir y optó por la derecha. Arthur estaba de acuerdo, aunque su opinión en este caso no importaba mucho y tenía muy claro desde el primer momento de que la Nigromante iba a ser su guía para este lugar, ya que era un hecho que Alyna era la que más experiencia tenía en este tipo de situaciones. Al preguntarle a Fward su opinión, este movió la cabeza de arriba y abajo, tambaleándose, con su piel tornada al mismo blanco mármol de Alyna.
Arthur lo tomó como un ''SÍ''.
Alyna se colocó en cabeza y dirigió al grupo, con su antorcha bien alzada por encima de su cabeza. Arthur cogió la antorcha de Fward sin resistencia alguna por miedo a que este la dejara caer por algún lado. Si de algo tenían que estar atentos era de las antorchas, puesto que eran las únicas fuentes de luz que tenían y los pasillos se encontraban sumergidos en la oscuridad. Según caminaban por los pasillos, miles de sonidos llegaron a sus oídos: el riachuelo de desperdicios que se llevaba la podredumbre de la ciudad al mar del puerto, con la esperanza de limpiar la ciudad de una parte de su miseria; las ratas corriendo y olisqueando por doquier, buscando algo que comer y de lo que poder saciar el inmenso apetito que sentían, removiendo las orillas de piedra del riachuelo en busca de cualquier cosa comestible: el goteo producido por la acumulación de humedad en los pasillos, sonando con cierto ritmo que costaba encontrar en un principio.
Los pasos que daban se oían como martillos golpeando la piedra, creando cierta paranoia en Arthur y Fward. Se acercaron al lado de Alyna, sintiéndose mucho más seguros al lado de la muchacha que portaba todos los ases en la manga. Al lado de ella, los dos crearon la ilusión de un círculo protector que los protegía de cualquier cosa que pudiera suceder.
Recorrieron los pasillos largo tiempo, con el riachuelo sirviéndoles como Estrella Polar. Por más giros que daban y por más metros que andaban, parecía que el lugar no tenía fin aparente, hasta que se encontraron un arco oculto entre las sombras de unos pasillos. Al notar este pequeño pero significativo cambio, los tres pasaron por su umbral. Tras el arco, una sala inmensa aparecía en su campo de visión. La sala estaba cubierta por las mismas sombras que los pasillos, pero podían divisar los límites de esta.
Caminaron en el interior unos cuantos metros hasta que Alyna se paró en seco. Estarían más o menos en el centro de la sala y no podían ver nada desde su posición. Arthur abrió la boca para realizar una pregunta, pero paró su intención cuando en escalofrío recorrió su espalda. Un viento helado entró en la sala, congelando a Fward y Arthur con un abrazo no querido que atravesaba la piel hasta llegar a los huesos. Espantosos sonidos empezaron a escucharse por toda la sala, alrededor de ellos. Arthur podía distinguir pasos, seres arrastrándose entre las sombras y armas recorriendo el suelo cuya composición no tenía clara. Alaridos y gemidos empezaron a hacer ecos en la sala. La respiración del enemigo los rodeaba, y los gritos se volvían más fuertes. Debían de ser docenas de enemigos los que los estaban acorralando, ocultos en la oscuridad impenetrable de la sala. La corta iluminación de las antorchas no llegaba hasta donde se estaban situando, y los nervios de Arthur y Fward salían a la superficie, haciéndoles temblar. Alyna se mantenía firme, con su antorcha todavía firmemente cogida y su mano derecha brillando con un resplandor esmeralda con el que apareció de nuevo el martillo de la poderosa Nigromante. Con un ligero movimiento del martillo, le arrancó la antorcha de la mano a Arthur, cayendo a los pies del enemigo. Al mirar hacia la zona iluminada por las llamas, los dos amigos casi sufren un ataque al corazón ante el demoníaco espectáculo que encontraron sus ojos. Toda la zona se había llenado de horribles criaturas que no podían llamarse humanas ni animales, reptando y arrastrándose por el suelo, cada una con una anatomía singular y horrenda. Las había que parecían humanas, con miembros extras que surgían violentamente de sus cuerpos, sus manos transformadas en garras mortíferas y alargadas, su piel cubierta de sangre y malformaciones. Tenían la mandíbula inferior desencajada, algunos tanto que les colgaban dejando la boca totalmente abierta.
Luego estaban los que parecían bestias; mutadas, moviéndose a cuatro patas, sus huesos emergiendo por distintas partes de sus deformes carnes, patas dobladas como lobos y filas de dientes afilados como cuchillas (''¿alguna vez están afilados como otra cosa?'', se preguntaban todos).
Los últimos eran los más horrendos, siendo masas de dientes y carne que se arrastraban cual babosa por el suelo, con miles de tentáculos por todo su 'cuerpo'.
-Ohhhh... he visto suficientes dibujos para saber como acaba esto. -Dijo Alyna al ver los tentáculos.
Fward sacó un cuchillo y Arthur siguió ejemplo, solo para descubrir que estaba desarmado. La mirada que les dirigió la Nigromante les dejó claro que no quería que se metiesen en la pelea. Arthur celebró silenciosamente la decisión, puesto que estaba un poco... acojonado tras descubrir que no tenía nada con que defenderse.
Las monstruosidades empezaron a dirigirse rápidamente hacia el grupo, pero la mujer ni se inmutó. Habló en una lengua extraña, pronunciando palabras de las que Arthur no pudo encontrar significado. En un instante, una erupción de llamas surgió del suelo quemando a unos pocos monstruos. Las llamas se irguieron unos cuantos metros antes de empezar concentrarse, formando una especie de esfera. De la esfera salieron una especie de conos que se volvieron brazos y piernas, pies y manos. Una cabeza salió al mismo tiempo, dando a las llamas invocadas por Alyna la formas de un ser humanoide y corpulento. Un golem de fuego que rugió a los monstruos y empezó a golpear con puños de fuego a la carne. Su maestra le siguió, corriendo hacia el lado contrario y golpeando rápidamente con antorcha y martillo a toda mutación que encontraba a su paso.
El golem destrozaba a los monstruos con golpes llenos de furia y cólera ardiente. Extremidades y sangre salían volando con cada ataque, que parecía invulnerable a los ataques de las criaturas que le rodeaban. Estas intentaban cortar y atrapar al gigante, solo para quemar su enfermiza piel en las poderosas llamas que empezaban a extender por toda la sala.
No había descanso a los ataques de ninguno de los dos bandos, pero Arthur estaba seguro de que el golem ganaría si se mantenía suficiente en este mundo.
Al otro lado, Alyna golpeaba despiadadamente a las criaturas con martillazos de fuerza imparable. Las cabezas explotaban con los terribles impactos que la Nigromante repartía, manchando su piel de sangre y restos de cráneo. Los miembros se doblaban y se partían, dejando mancas y cojas a las criaturas con la facilidad con la que se arranca una verdura de un huerto. Cuando las golpeaba en el torso, el martillos o bien las dejaba en el suelo al instante o las lanzaba unos cuantos metros por la sala. Un espectáculo grotesco pero hermoso. El rojo de la sangre resaltaba el mármol de la delicada piel de la chica. Su pelo y su vestido seguían cada movimiento que realizaba, creando una danza que no tenía nada que envidiar a las de las mujeres de los harem del desierto. Arthur lo consideraba digno de ver, mientras Fward estaba completamente hechizado con el violento baile de la Nigromante.
Arthur se dio cuenta, y una idea se formó en su cabeza. Una afirmación recorrió su cabeza; Mirakodus estaba de acuerdo con el planteamiento, pero tanto él como Arthur decidieron que era mejor esperar. Era la primera vez que los dos estaban completamente de acuerdos en su corta relación.
La mujer destrozaba por doquier, mientras que el golem sencillamente arrollaba toda resistencia. Nada se salvaba de la maestra y su siervo, aunque la marea de monstruos parecía no tener fin. Un círculo de cadáveres se empezó a formar alrededor de la maestra, con cada abominación muerta apilándose al montón.
El golem golpeaba cada vez más fuerte, aplastando a todo al que ponía su puño encima, y sus llamas se erguían ardiendo como el Sol. Estaba a punto de estallar, pero aún así sequía despedazando monstruos como si nada. A veces incluso los cogía y los lanzaba contra el resto de la horda, tirando grupos enteros al suelo. Los cadáveres de monstruos ya empezaban a llenar toda la sala.
La Nigromante seguía matando monstruos como podía, mientras que al golem no le quedaba mucho más aguante en este mundo. Arthur y Fward sabían que tenían que hacer algo o de lo contrario no saldría nadie vivo de aquí. Arthur intentó ir hacia Alyna, pero se detuvo cuando se dio cuenta de un detalle. Alyna estaba lanzando deliberadamente a los monstruos por toda la sala. Con una sonrisa, Alyna hizo un último barrido a los monstruos que la rodeaban, dejando un espacio entre ellos y ella. De repente, Alyna se agachó y golpeó el suelo con la palma de su mano.
Lo siguiente que pasó era digno de una aunténtica novela de caballeros. Al instante, todos los cadáveres que ocupaban el suelo de la sala estallaron en una explosión de carne, sangre y huesos, sincronizada perfectamente con la devastación llameante que fue la muerte del golem. Los huesos atravesaban como lanzas y flechas a las aberraciones, y la carne salía despedida a tal velocidad que arrancaba de cuajo extremidades y lanzaban por los aires a los pobres infelices. Todos murieron con el estallido de destrucción y cadáveres, vísceras y órganos ahora decorando las paredes y el suelo de la sala, con Alyna de pie en medio del mar de carne y sangre.
-Este, -Pensó Arthur. -Es sin duda el poder de los Nigromantes.