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Canción de Valor - Parte VII
Fward, Lewis y Alyna encontraron un garito decente donde poder descansar y beber algo. Alyna tenía su bolsa de cuero llena de diversos ingredientes que encontró en la tienda del alquimista muerto, loa cuales Fward no había visto en su vida. Aún así, Alyna aseguraba que no tenía todos los elementos de la pócima todavía. Fward decidió no darle vueltas a ningún asunto en este momento; ahora que estaban sentados cara a cara, ambos podían hablar tranquilamente, sin preocuparse de lo siguiente que iban a hacer, y con la luz de las velas iluminando sus caras.

-¿Cuánto tiempo estuviste en Harrogath?

-No estuve demasiado tiempo. Hice el trabajo que me encomendaron y me fuí. Después de todo, no me gustan los climas fríos.

-¿Qué clase de trabajo tenías que hacer para ir hasta el Norte?

-Salvar el mundo.

Fward dejó soltar una risita ante el comentario. Le pareció un buen chiste, aunque Alyna no parecía reírse.

-Déjame que te haga yo una pregunta. ¿Cómo es eso de ser un bárbaro en Puerto Real?

-No soy un bárbaro.

-¿Eres del norte, no?

-Sí, pero no se nada sobre mi pueblo. Su cultura, costumbre, el espíritu guerrero... no tengo nada de eso. La gente cuando me ve piensan en mí como un animal sediente de sangre que es capaz de arrancarle la cabeza a alguien pero... lo único de lo que soy capaz es de trabajar en los muelles y pescar. -Mientras Fward hablaba, Alyna no pudo evitar fijarse en la mirada de Fward. Era triste y perdida, como si estuviera intentando encontrar algo en su interior, pero no supiera el qué. ¿Tal vez recuerdos de su tierra?

Alyna no podía imaginarse lo duro que tenía que ser para alguien ser sacado de su tierra natal a una edad tan temprana.

-Bueno, no sé tú, pero cuando nos conocimos te desenvolviste bastante bien frente a esos tipos.

-Eso era distinto, Alyna. Arthur estaba en peligro y yo le ayude como pude. Aquello fue más un instinto de protección que auténtica habilidad bárbara.

-¡Ah sí, Arthur! -dijo Alyna, con un tono que parecía indicar que acababa de acordarse de algo. -¿Cómo conociste a ese tipo?

-Lo conocí de pequeño. La verdad es que él me encontró a mí, ya ves. Dos huérfanos en medio de una ciudad hostil para los niños. Nos metimos en muchos problemas y fue entonces cuando empecé a protegerle de los abusones. A cambio, él me relataba cuentos y vendía lo que conseguíamos en la calle a buen precio. Y desde entonces hemos estado juntos para todo.

-Perdona la pregunta pero, ¿cómo se quedó huérfano él? -Alyna preguntó con gran curiosidad. De Fward sabía casi toda su historia, pero no había escuchado todavía una sola palabra de la historia de Arthur.

-Sus padres murieron unos días antes de conocernos. Nunca fue más allá de decirme eso. De hecho, yo tampoco le he preguntado acerca de ese tema más de la cuenta. Pero supongo que así estamos bien.

Alyna no tenía una calma sobre este tema como Fward. Después de todo, el chico los había metido en este fregado por las buenas y no daba razones para ello. Cuando Alyna le preguntó de camino a la casa del alquimista, Arthur cambió de tema al instante. ¿Tal vez tenía un motivo oculto que no quería descubrir?

-¿Alguna vez a hecho algo parecido a esto? -Preguntó la Nigromante finalmente. -Quiero decir, ¿se ha metido en asuntos donde no le llamaban en el pasado?

-No, de hecho desde que conseguí el empleo de pescador hemos vivido una vida muy tranquila. No le gusta la acción... mejor dicho, creo que no le gustaba. -Fward no paraba de mover su copa mientras hablaba. Las preguntas de Alyna eran como agua de lluvia que hacía florecer las dudas que tenía de antes en su mente.

-Perdona. -Hablo Alyna, que claramente había notado su malestar. -Se supone que debíamos de relajarnos y divertirnos un poco después de lo de la tienda, y lo único que consigo es preocuparte.

-No, no pasa nada, Alyna.
-Sí que pasa. Esta es mi primera conversación con alguien desde hace mucho tiempo y la estoy estropeando. No tengo solución.

-¿Qué quieres decir con eso?

-No suelo pararme en ningún sitio. Mi padre y yo viajábamos continuamente, y a mí se me pegó. No, más bien es una costumbre de mi pueblo. Cuando nos quedamos mucho tiempo con alguien o en algún sitio, la gente empieza a hablar ¿sabes? Empiezan a propagarse los rumores: que si adoras a los demonios, que eres una maldita, que la Luz nunca te aliviará. Y al poco, ya empiezan a echarte la culpa de todos los males que les afectan. -El rostro de Alyna se volvió triste, algo que Fward no había visto desde que la conoció. Realmente estaba dolida por algo. Fward decidió quitarle un poco de hierro al asunto.

-¿Sabes qué? -dijo en voz alta Fward, haciendo que Alyna le prestará atención. -Que piensen lo que quieran. Las únicas opiniones que importan son las de aquellos que te conocen. -Fward levantó su jarra y con una sonrisa tomó un buen trago. Alyna le siguió con una leve sonrisa.

-Todavía no has preguntado nada sobre mi pócima. -Señalo Alyna, más alegre.

-No me parecía oportuno todavía. Aún no estoy muy seguro de si quiero averiguarlo.

-Tal vez sea ya el momento. -Alyna dijo con una voz suave y cercana, casi como un susurro.

Pero a Fward no le dió tiempo a hacer ninguna pregunta cuando la puerta de la taberna se abrió de repente. Un hombre encapuchado entró rápidamente y dejó la puerta medio abierto tras de sí. Fward se fijó en el peto dorado que llevaba cuando el hombre se paró para coger y levantar una silla por encima de su cabeza. Alyna se giró cuando la clientela del garito empezó a quejarse, con el dueño siendo la voz principal. EL encapuchado se colocó enfrente de la puerta con la silla todavía levantada.

La puerta se abrió una segunda vez con la misma rapidez de la anterior, dejando pasar a un joven que Fward reconoció al instante: era Arthur. Arthur los miró un segundo, justo antes de que el encapuchado le rompiese la silla en la cabeza. Arthur se desplomó contra el suelo al tiempo en el que el hombre salía corriendo.

Fward solo tenía una pregunta: ¿qué demonios acaba de pasar?

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Arthur se sorprendió de la rapidez de su acción. Nada más los dos hombres entraron, se levantó de su asiento y le tiró al primero la jarra de cerveza. Cuando la jarra impactó en la cabeza del primero, Arthur se abalanzó sobre el segundo y le propinó un rodillazo en la entrepierna al segundo que le dejó tirado en el suelo. Arthur podía recordar como al segundo se le había desencajado la cara del dolor, por el cual Arthur sentía lástima (más que nada porque se estaba imaginando si se lo hubieran hecho a él).

'Habría sido una gran idea', pensaba Arthur, 'de no ser porque acabo de cabrear a dos hombres con cuchillos'.

Desconcertados, los dos hombres atacaron a Arthur con sus cuchillas. Arthur simplemente hachó a correr y a saltar de mesa en mesa. Toda la taberna estaba tan confusa que nadie se movió de sus asientos, incluso cuando Arthur tiraba comida y bebida por doquier.

Arthur seguía corriendo y saltando, mientras que los encapuchados intentaban cortarle y herirle las piernas a base de cuchilladas sin éxito, ya que Arthur era los suficientemente rápido de piernas para esquivarlas. Al llegar a la cuarta mesa, Arthur cogió una silla libre, la levantó y se la estampó con todas sus fuerzas al primero, el cual tras este impacto y el anterior con la jarra empezó a alejarse lentamente y sin rumbo por la taberna.

El bardo, al comprender que esto iba para largo, empezó a tocar Hava Nagila (una canción que se usaba típicamente en este tipo de situaciones para que los clientes se diesen cuenta de lo absurda que era la pelea) con toda su alegría.

Arthur se descentró con la música, por lo que no se dio cuenta de como el segundo hombre lo cogía de las piernas. Arthur no tuvo tiempo a reaccionar y el encapuchado lo tiró contra una de las mesas, que se partió en dos con el peso de Arthur. La caída provocó un gran dolor de espalda a Arthur, pero su posición le vino de perlas para darle una patada en la entrepierna al tipo cuando intentó abalanzarse sobre él, cuchillo en mano. No podía evitar sentirse mal por haberle golpeado en sus partes nobles -dos veces- a aquel hombre, pero esto era una situación a vida o muerte y Arthur le tenía gran estima a su vida. El primer hombre pareció gustarle la estrategia del segundo (tal vez no como acabó) ya que se lanzó corriendo sobre Arthur con su cuchillo. El cuentista simplemente respondió tirándole una pata de la mesa rota a la cabeza. La pata dio de llenó en su objetivo, pero el hombre siguió su camino... solo para caerse al suelo al tropezarse con una silla caída en la refriega.

En serio, ¿cómo era posible que nadie en la taberna se inmutase ante el follón que estaban montando? ¿Tal vez ya estaban acostumbrados a este tipo de chorradas? El cazador de demonios parecía pasar del tema completamente.

'¡Será desagradecido, encima que le estoy salvando la vida-! Ah, es cierto, si no lo sabe... ¡Pues debería de saberlo!'

Arthur se cabreó bastante ante este hecho y decidió pagarlo con el primer encapuchado, aún tirado en el suelo. Se colocó encima suya y empezó a encadenar golpe tras golpe dirigidos a la cara del tipo. El hombre se cubría como podía, pero solo bloqueaba uno de cada tres golpes.

Consiguió propinar una buena paliza al hombre antes de que el segundo lo cogiera desprevenido por la espalda. El encapuchado lo puso de frente a él y de un puñetazo casi le rompe la nariz a Arthur. Pudo verlo a cámara lenta: como el puño se acercaba hasta él lentamente, atravesando el aire como un toro traspasa las paredes de las casas. Demoledor y destructivo, el puño llegó a su objetivo, deformando la cara de Arthur y doblándole la nariz como si fuera una especie de gelatina. El dolor se hizo notar inmediatamente, como un bebé que acaba de despertarse y necesito atención urgente. Era la primera vez que le golpeaban así; normalmente Fward estaba para soportar todos los golpes de los matones a los que tenían que soportar día a día, mientras que todo lo verbal era de parte suya. Pero ahora no estaba, y francamente no lo estaba haciendo tan mal: solo le han golpeado una vez y ellos ya han recibido varios ataques. Tal vez pudiera vencerles sin necesidad de su amigo. Tal vez podía ser capaz de luchar por si mismo por una vez, algo que sus propios miedos nunca le habían permitido.

-¿Es extraño, no Arthur? Esa sensación tan bonita y a la vez tan desconcertante. -Mirakodus, como no, hacía su aparición siempre en el momento oportuno. -La posibilidad, siiií, la posibilidad de que realmente no hubiera nada que temer todo este tiempo... de que te has estado limitando a ti mismo sin darte cuenta, cuando siempre podías haber superado aquello a lo que tenías miedo. El temor al dolor, a que te golpeen, a que te hagan recordar el sufrimiento del pasado que te esfuerzas tanto en enterrar. Dime, Arthur, ¿qué te duele más? ¿El puñetazo que te ha dado este desconocido? ¿O lo que pasó aquella noche?

La furia y el dolor salieron del corazón de Arthur como un volcán en erupción. Cogió a su contrincante del cuello de la capa y empezó a atacarle sin control. Unos golpes en la cara, otros en el peto, otros fallando totalmente... Arthur se había quedado ciego en su propia cólera.

-Puedes contármelo, Arthur. Sé que ardes en deseos de contárselo a alguien desde aquel día... pero no te atreves. ¿Tienes miedo de lo que dirá Fward? ¿O de que pase de nuevo?
Tal vez lo disfrutes la próxima vez, ya sabes. La segunda vez se disfruta mucho mejor.

La música del bardo desapareció y ya apenas notaba los golpes que daba al encapuchado. ¿Por qué le hacía recordar? ¿Por qué no podía darle un momento de felicidad sin más tarde aplastar su esperanza contra el suelo y robarle su alegría?

-No puedes superar el terror, Arthur. Nada escapa del miedo. Yo lo sé muy bien. Vengo de un mundo donde habitan todas las pesadillas... incluida las tuyas.

¿Por qué le atormentaba? Había mucha más gente con problemas por todo el mundo que eran incluso más terribles que los suyos, más de los que se piensa... y sin embargo se estaba centrando enteramente en él.

-Te atormento, y me centró en ti, porque tú eres mi nuevo cuadro. Eres mi nueva pintura, y como artista que soy no puedo dejar que tus colores y tu mensaje desaparezcan por una mancha de bondad e inocencia. Cuando venga quién tiene que venir, quiero que estés listo. Para que cuando te mire, pueda ver como es el ser humano en realidad.

Arthur estaba exhausto, y no sabía por qué. Su cerebro tardó unos segundos en darse cuenta de lo que había hecho. La cara del hombre estaba ensangrentada, irreconocible. La nariz rota sin remedio, los ojos cerrados por la sangre y el dolor. Los dientes estaban desparramados por la ropa de Arthur, y su camisa tenía salpicones de sangre por doquier. ¿Desde cuándo tenía esta fuerza? ¿Es que acaso el dolor del pasado, que se había esforzado tanto en ocultar a todo el mundo, le daba el poder de la Luz? ¿O era el poder de los demonios lo que emanaba de él?

Estos pensamientos se rompieron y se perdieron ante el sonido de una puerta abrirse. Arthur se giró para ver al otro encapuchado salir como podía de la taberna. Pero no se iba a escapar. Una bestia nacía en el interior del corazón del cuentista, reclamando más sangre. Arthur corrió tras el pobre mal nacido, con la misma velocidad con la que un lobo persigue a una liebre. La persecución empezó, con la liebre huyendo desesperadamente en busca de salvación. Tal vez buscaba un escondite o una salida, pero eso daba igual. No podía esconderse ni huir de la férrea determinación del lobo, no después de haber probado la carne y la vida de su especie.

La liebre llevó al lobo por callejuelas y comercios, atropellando y esquivando a la gente con violencia y prisa. Ambos sabían muy bien lo que querían, no iban a permitir que nadie ni nada les detuvieran. A veces, la liebre se giraba, esperando que la bestia que estaba detrás suya mostrase algún signo de fatiga, pero lo único que encontraba era una ferocidad recién despertada que arrasaba todo aquel que se encontraba a su paso. Aunque en su interior, esa bestia cuyo nombre humano era Arthur no podía evitar preguntarse de vez en cuando si esta persecución acabaría en algún momento.

Aun así, Arthur podía notar perfectamente la adrenalina circulando por todo su cuerpo, llenando músculos y sangre de euforia desbordante. Su visión se centraba totalmente en el objetivo, todo lo demás eran borrones y manchas sin importancia alguna. Era una cacería y no había sitio para distracciones.

Llegaron a una plaza que daba a tres calles distintas. El encapuchado empezó a correr dentro del círculo de edificios, pero en vez de ir por una de las calles, el encapuchado se dirigió a una taberna cercana, abriendo la puerta con desesperación.

Arthur le siguió. Si pensaba ocultarse o protegerse tras esa puerta no se hacía una idea de quién era. Arthur se lanzó contra la puerta, abriéndola de un golpe. Iba a por todas cuando vio dos rostros familiares: Fward y Blackstorm. Toda la furia se disipó y la bestia de su interior murió en un instante. No quería que le viesen así, como una bestia. Su cuerpo entero se relajó, pero, sin saber por qué, su visión se oscureció justo después de sentir algo golpearle en la cabeza. Se quedó en paz, y su mente se tranquilizó por fin dentro de la oscuridad de la inconsciencia.

Redactado por Regnier_LoT | 24/01/2012 20:15

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